La naturaleza del deseo, la complacencia y la voluntad de vivir

Según el filosofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) the will to life, la voluntad de vivir es la fuerza instintiva inherente en cualquier ser vivo, encargada de propagar, conservar y propulsar la existencia.  Este impulso es más influyente que la razón, la lógica o cualquier brújula moral y suele estar muy relacionado a nociones de esperanza, sueños, aspiraciones u cualquier otra proyección o expectativa de mejora en el futuro del sujeto. Funciona como una guía de conducta escrita en nuestro ácido desoxirribonucleico que se preocupa por la autopreservación y el provecho personal.

El deseo es una de las manifestaciones que utiliza esta voluntad para satisfacer su anhelo vehemente por apegarse a la vida. Desempeña el papel de una fuerte inclinación instintiva que fija su interés por algo que va a acarrear futuros beneficios para el individuo, se encarga de buscar todo estímulo que favorezca la existencia, sea obtener alimento, reproducirse, encontrar un hogar, al igual que eludir cualquier experiencia que ponga en peligro su vida.

El acto de desear acarrea aceptar la carencia de algo,  significa admitir la idea que somos incompletos y por ende insuficientes para la vida amenos que nuestro deseo sea concretado. El indicio del deseo genera una sucesión perpetua de acciones por alcanzar una felicidad pendiente, desata una cacería incesante por apoderarse del objeto de deseo, por atrapar la promesa de salvación y obtener una satisfacción duradera.

La consumación del deseo es el apogeo más grande al que puede llegar el placer humano, el momento donde el individuo se siente realizado y apto para embriagarse sin remordimiento en el sentimiento de completitud trascendental que deja su logro. Donde, por unos breves momentos de éxtasis, se entierran las cenizas de insuficiencia que se desprenden del deseo.

Para Lacanla naturaleza del deseo siempre será ilusoria porque en el momento que obtienes lo que quieres, dejas de quererlo. Es posible conseguir lo que necesitamos pero nunca lo que anhelamos. Los requisitos biológicos necesarios para sobrevivir son contingentes pero la mayoría de los caprichos simbólicos codiciados por el individuo tienden a ser alucinaciones etéreas. La satisfacción inherente de estos deseos siempre será postergada inconscientemente, porque realmente no deseamos el objetivo, sino entretener la fantasía de su realización. 

Jacques Lacan, psicoanalista francés (1901-1981)

Preferimos observar desde lejos el edificio que estamos construyendo ladrillo por ladrillo pero no habitar en él. El típico ejemplo de película rags to riches, donde un joven pobre de barrio marginal llega a obtener fama, reconocimiento y dinero después de un proceso extenuante de esfuerzo para eventualmente darse cuenta que todas aquellas cosas que tanto anhelaba no eran realmente lo que deseaba (usualmente aquí es donde termina la película con un final feliz super cliché o el protagonista busca refugio en las drogas).

El afán está en el proceso, no en su consumación, the hunt is sweeter than the kill. El encanto está en probarnos a nosotros mismos que somos capaces de lograr lo que nos proponemos, de afirmar nuestro libre albedrío en un mundo que intenta reducir la existencia a una fórmula matemática de 2+2= 4. Por ende, las fantasías que engendramos alrededor del deseo deben ser irrealistas, sino peligramos el miedo de plasmarlas en la realidad y perder el hilo que conduce nuestra existencia.

La lección que nos deja Lacan es que vivir siendo impulsado ciegamente por nuestros deseos más bajos nunca nos hará felices. Hay que vivir por ideales e ideas, no exactamente por lo que hemos logrado en términos de deseo.

Viajemos al siglo pasado, donde Edward Bernays implementó las ideas del psicoanálisis en el mundo del marketing y relaciones públicas, donde le enseñó a las corporaciones americanas cómo influenciar democráticamente a los individuos a que compraran sus productos. Bernays  fue un pionero en la utilización de las teorías freudianas en la propaganda, mediante el uso de estímulos visuales, sonidos agradables y simbología abstracta era capaz de asociar los deseos inconscientes de las masas a un producto, creando así una ingeniería del consentimiento y la cultura del consumismo.

Una mercancía deja de ser un objeto que simplemente consumimos y tiramos, se convierte en un bien lleno de sutilezas teológicas, metafísicas y hasta ideológicas, su presencia llega a reflejar una trascendencia invisible a la cual somos atraídos, un deseo ulterior que seduce nuestros instintos biológicos.

Mediante la publicidad el objeto de deseo adquiere un estatus divino para nuestro giroscopio instintivo. En la transacción el cliente está adquiriendo su propia redención de todo malestar, el deseo se convierte en un remedio “sanalotodo” temporal para cualquier problema.

Ilustración por Steve Cutts.

¿Quieres convertirte en un hombre de clase, con estilo, un verdadero gentleman y tener a todas las mujeres que te han rechazado en el pasado a tus pies? Fácil, solo tienes que comprar nuestro reloj sobrevalorado con vidrios del Himalaya y listo, voilà. Problema resuelto… 

Lastimosamente las cosas no funcionan así, especialmente en nuestra era digitalizada donde en todo momento estamos siendo bombardeados por promesas de placer infinito, gratificación instantánea y propaganda pretenciosa que pretender cumplir todos nuestros deseos con un simple click.

El problema surge en el momento que la voluntad de vivir es adulterada por deseos sintéticos implantados desde el exterior que buscan servirse de nuestro sistema límbico obsoleto y perdemos la noción de que no todo lo que brilla es oro. Cuando los deseos de las masas son manoseados sin los procedimientos de higiene mental necesarios y con una actitud deshonesta que solo busca adquirir intereses políticos u económicos. La propaganda se encarga de establecer las reglas del juego en la cultura, de reglamentar bajo la ley de la mayoría qué debe ser deseado y en qué medida. 

Cuando estos deseos no llegan a ser consumados el individuo termina sintiéndose estafado de su felicidad, esta desilusión da pie a una rabieta existencial de frustración e insuficiencia. El individuo al ser incapaz de concretar las órdenes de su “voluntad” llega a la conclusión poco premeditada que él mismo es el problema y se sumerge en un espiral de encajonamiento mental y depresión.

Esta misma noción de la imposibilidad de cristalizar nuestros caprichos es lo nos hace sufrir según el budismo. Al buscar satisfacción en lo mundano solamente vamos a encontrar angustia, tormento y tortura. De aquí viene la proposición que el deseo es la raíz de todo sufrimiento, puesto que por más que intentemos solidificar el espejismo, nunca será tangible, es un ansia que se fermenta, entre más bebas del deseo, más sed tendrás.

La respuesta que plantea el Buddha a este problema es la eliminación del deseo mediante la complacencia. El estar satisfecho con la situación tal y como es, aceptando sus colores y defectos sin buscar cambiarlos. Al despegarse del deseo el individuo puede enfocarse en cultivar un sentido de gratitud, enriqueciéndose de las cosas que posee sin estar obsesionado por sus carencias. El esperar siempre el mismo resultado te subordina a no ilusionarte con la promesa de lo que podría ser pero no es. Cierto grado de pesimismo es necesario para suprimir el deseo, sin deseo el individuo pierde su agitación maniática por optimizar su vida. Cuando no se tiene nada qué desear, tampoco existe nada qué perder.

La solución no es tan simple como solo concederle toda la culpa a la naturaleza del deseo y adaptar el credo budista del no apego. Ambas caras de la moneda se necesitan para sobrevivir, la supresión total del deseo está en contra de nuestra propia voluntad de expansión. El problema radica en el tipo de deseo al igual que en las expectativas poco realistas que asociamos alrededor del deseo, en apegar todas nuestras esperanzas por emancipación a cuestiones efímeras, vacías, sin sustancia. En la conquista sexual, en la búsqueda desenfrenada del éxito, la superficialidad, el consumismo.

Una sociedad que te dice que eres capaz de hacer cualquier cosa es también una sociedad que desarrolla problemas de autoestima, cuando ha pasado una semana y todavía no has bajado de peso, pagado todas tus deudas, explorado el mundo y conquistado a la mujer/hombre de tus sueños, claramente debes estar haciendo algo muy mal.

Según Epicúreo, el bien supremo siempre debe de ser la búsqueda del placer y la disminución del sufrimiento. La felicidad o el placer es la ausencia de cualquier tipo de aflicción negativa. Esta idea se puede entrelazar fácilmente con el concepto de the will to life, antes mencionado, a nivel biológico estamos ligados a este impulso que busca potenciar nuestra probabilidad de supervivencia y alejarnos de todo peligro. Al igual que el epicureísmo, esta fuerza busca satisfacer los deseos naturales que tienen como producto la propagación y el bienestar del individuo  mientras al mismo tiempo soslayar toda aflicción. La conclusión a la que llegó Epicúreo, es que no todo placer se traduce a felicidad, y no todo sufrimiento significa aniquilamiento.

Los deseos que no son ni naturales ni necesarios son la fórmula inmediata para el malestar y hay ocasiones en las que una dificultad conlleva a un placer. Se debe vivir con el objetivo de obtener el mayor placer posible pero manteniendo la prudencia de no volar muy cerca del sol, un exceso de deseo conlleva a la intemperancia y un déficit cae en ocio, holgazanería y pereza. Estos dos extremos se pueden desfigurar en dolor para el individuo.

El epicureísmo logra conciliar estos conceptos antagónicos de deseo y complacencia mediante el uso del discernimiento y la razón. Un balance entre ataraxia (complacencia, libertad de toda turbación, ausencia de deseo) y la búsqueda de un placer prudente convergen para crear un deseo razonable de acuerdo a la situación. Un anhelo que desemboque en un sentimiento de satisfacción personal, producto de un proceso de esfuerzo añadido hacia la realización de un objetivo. Un afán que no parta de la carencia de algo. 

Al final de cuentas, la mejor opción siempre será el punto medio, el sweetspot entre sosiego y un hambre por una vida más significativa. Un balance entre lo que uno es y lo que uno puede llegar a ser. Donde el proceso no es un recorrido colmado de intranquilidad por llegar a la meta,  sino un acto en el que el individuo potencia su misma experiencia y afirma su derecho de existir.

5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Siempre es reconfortante leer nuevas interpretaciones sobre los eternos conflictos humanos a la luz de los grandes filósofos..
    Muy buen análisis!!! Gracias!

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    1. juliancampa dice:

      Gracias! Si mis palabras lograron mínimo resonar con una persona entonces cumplí con mi propósito!

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  2. Ya lo creo….
    Hace tiempo, me preguntaron ” Qué significa tomarse las cosas con filosofía?”… Pues bien, es esto: tratar de interpretar, analizar, pensar los problemas del ser humano. Si, además, podemos contar con el aporte de quienes pensaron estos temas, antes, bienvenido sea…

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  3. Magnífico artículo. Estoy leyendo sobre este tema. Volveré sobre tu exposición para confrontar puntos de vista. Ciertamente es una cuestión compleja y contradictoria porque el deseo es carencia y desbordamiento (algo que falta o algo que rebosa).
    El budismo niega lo más genuinamente humano: el deseo. El desapego me parece un camuflaje. Saludos cordiales.

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    1. juliancampa dice:

      Diste en el blanco, el desapego me parece como un juego ilusorio en el cual pretendes que no te interesan las cosas que tanto anhelas. Gracias por la atención y esperare tu punto de vista sobre esta cuestión. Saludos!

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