El cansancio de la vigilia

Siempre me ha interesado analizar el momento en que el individuo consciente, decide en el poder de todas sus facultades embriagar su vigilia. Cansado de tanta asidua y escrupulosa sobre preocupación por su existencia le abre las puertas al nihilismo, apagando sus facultades racionales por unos breves momentos. Nadando en la inmensidad sin sentido logra despojarse de toda responsabilidad por dirigirse a sí mismo, por llevar una vida brillante y memorable. Sabiendo plenamente que tarde o temprano debe regresar a su estado de vigilia para limpiar el desorden interior que ha dejado.

Durante el sueño el individuo entra en un estado alterado de consciencia, experimentando la “realidad” del sueño sin conocer su condición fraudulenta, aceptando todo lo que el cucharón sucesivo de experiencias le atiborra a sus sentidos, dejando fluir libremente los contenidos del subconsciente en un tipo de improvisación lúcida. Una realidad virtual automatizada en la que el espacio-tiempo se distorsiona, los momentos se alargan, se pierde toda perspectiva de sí y el individuo se convierte en un excursionista de abstracciones mentales simbólicas.

Lo real suscita lo imaginario, de él se desprende la esencia del sueño hasta llegar a su exaltación.  Este juego se mueve dentro del elemento de la semejanza, gracias a sus poderes de encantamiento engendra  quimeras de la similitud, un puente entre realidad e ilusión que nos susurra dulcemente al oído los deseos del subconsciente. 

El sueño termina cuando el espejismo se desvanece, el despertar es la peor de todas las pesadillas concebibles, donde el individuo recupera la vigilia y se siente estafado por el mundo dado, queriendo volver a experimentar este jardín de lucidez metafísica. Las drogas también logran alcanzar este mismo estado de nirvana sintético por un tiempo limitado, donde la sensación aun fresca en el paladar engendra un lapso infinito en que el sujeto intenta prolongar su limbo somnoliento aunque sea consciente que es imposible habitar en él. Este berrinche existencial por escapar de la vigilia se extiende indefinidamente hasta que el individuo no pueda seguir presionando snooze y deba encarar la condición humana.

El simple hecho de existir, despertar, tomar decisiones, elegir entre una cantidad ilimitada de oportunidades multi probabilísticas y que cada acción tenga la capacidad de provocar un efecto dominó al estilo mariposa el cual no somos capaces de predecir requiere mucho ancho de banda mental. Mirar fijamente la verdad siempre trae consigo un peso ineluctable, una sobredosis de simulaciones, todo se muestra demasiado expuesto, saturado de claridad, desvestido de sus bambalinas, un mayor rango de entendimiento siempre implicará un territorio más extenso de  responsabilidad.

Mientras que en el trance somnoliento no hay responsabilidad,  el sueño lo escolta al individuo en un tipo de acto improvisacional donde los momentos se entrelazan sin dificultad, uno llevando al otro.  

“El individuo ignorante puede saborear el placer de no saber, para él su ignorancia es todo lo que hay, tiene felicidad en cuanto a su espectro de visión limitada, regocijándose en la felicidad de ser un esclavo mientras entretiene la idea que es libre”.

No debe preocuparse por su existencia, sólo debe someterse ante el poder superior que gobierna su pensamiento. La ignorancia conlleva a un funcionamiento mental más simple, donde el individuo no es saturado por datos o etiquetas que compiten por su atención. Dentro del sueño el individuo se olvida de su fecha de vencimiento, viviendo como si estuviera destinado a vivir para siempre, sin dejar entrar ningún pensamiento de su propia fragilidad. Haciendo noción a la verdad de la cual habla Séneca en su tratado De la brevedad de la vida, el despilfarro del tiempo como el yerro más grande del hombre.

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Pero el despertar también puede considerarse, en el sentido budista, como este renacer en el cual el individuo alcanza un mayor espectro de visión, desprendiéndose así de sus viejas escamas y emprendiendo un vuelo hacia lo infinito. Recuperándose de su trance hipnótico encuentra en la vigilia el camino hacia su consumación, aprendiendo sobre materia de causa y efecto, donde llega a comprender los patrones que gobiernan su pensamiento.

El renombrado novelista inglés Aldous Huxley, abarca este mismo dilema en su libro Un Mundo Feliz. La dicotomía entre la verdad y la ignorancia, the truth will set you free versus ignorance is bliss. Los hechos de la novela transcurren en una sociedad británica futurista donde gobiernan los dioses del consumo. Un mundo en el que reina la felicidad y el aparente bienestar. Una felicidad sintética, producida artificialmente por estratagemas sociales de manipulación masiva en el cual se tiñe al individuo de los colores necesarios para el funcionamiento aceitado del sistema.

“Tal es el fin de todo el condicionamiento: hacer que cada uno ame el destino social, del que no podrá librarse”

El sufrimiento ha sido erradicado de la sociedad, pero ha sido a expensas del libre albedrío. Un trueque equitativo de castración por orden social, en el cual se intercambia la libertad por  una felicidad adulterada. Destruyendo las emociones y el valor de las relaciones humanas. Conceptos como la familia, la maternidad y los vínculos emocionales han sido erradicados de la cultura y son vistos hasta con cierta desazón. Se convierte en una civilización del espectáculo en la cual se pierde todo el interés por la cuestiones profundas de la condición humana donde el sexo es convertido en una simple gimnasia sin erotismo carente de sentido.

Huxley nos hace cuestionarnos si realmente el placer y la felicidad deberían ser el bien supremo para el hombre, aunque sean una ilusión artificial creada por sí mismo. En esta sociedad distópica todos son felices por el simple hecho que no conocen otra realidad distinta, la misma ignorancia crea este estado de éxtasis perpetuo. Cualquier problema es resuelto inmediatamente por medio del soma, una droga narcótica/alucinatoria que tiene la capacidad de curar diez sentimientos melancólicos y tiene todas las ventajas del cristianismo y del alcohol, sin ninguno de sus efectos secundarios. La mismísima expresión de café sin cafeína.

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Lo peligroso es cuando los oprimidos llegan a encariñarse de sus grilletes, aceptando dócilmente albergarse entre barrotes debido a que estos les brindan protección, sentido y comodidad. Son libres en cuanto a que no deben tomar decisiones. Llega un momento en que el individuo selecciona conscientemente asentarse en la ignorancia en vez de pasar por el proceso excruciante de cuestionar su existencia. Convirtiéndose en el elefante que toda una vida ha crecido sujetado a una estaca y está convencido que no puede escapar.  

En la novela, John toma el papel del héroe íntegro que se opone ante la demencia colectiva del entorno que lo rodea, al saber conscientemente las implicaciones que tiene sumergirse en esta sociedad de gratificación instantánea, no puede fácilmente dejarse llevar por las mareas libidinales del placer. Esto termina en una alienación total donde John prefiere abrazar un sentimiento de incomodidad y sufrimiento con la esperanza de experimentar a largo plazo una felicidad más genuina, la satisfacción seguir su propio mapa ontológico, de no aceptar la ilusión como verdad, la mentira como placer.

Pero al final de cuentas la libertad siempre trae consigo un precio  agregado, significa vivir al precipicio de la incertidumbre, donde todo el contrapeso de la responsabilidad recae en el individuo condenado a elegir. Un producto de apegarse a un punto de vista sincero y ambicioso de cómo se debe vivir la vida. Al final de la novela todo este peso asfixiante termina empujando a John al borde de la locura donde al mejor estilo del héroe griego, se sublima con la muerte cuando las circunstancias lo doblegan.

—Pues yo no quiero comodidad. Yo quiero a Dios, quiero poesía, quiero peligro real, quiero libertad, quiero bondad, quiero pecado.

—En suma —dijo Mustafá Mond—, usted reclama el derecho a ser desgraciado.

—Muy bien, de acuerdo —dijo el Salvaje, en tono de reto—. Reclamo el derecho a ser desgraciado.

Esta dicotomía entre el mundo aparente y realidad ilusoria tambien se puede encontrar en el mundo cinematográfico, específicamente en las películas The Truman Show Matrix.  En ambas películas, los personaje principales habitan en un mundo fingido donde creen poseer libre albedrío. Eventualmente la casa de cartas simulada se derrumba y son capaces de ver a través de la gran mentira sistemática elaborada y comprender su situación. Pero esta verdad condena al individuo a tomar sus propias decisiones, crear sus propios valores y diseñar su propia identidad. 

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“Aceptamos la realidad que se nos presenta”.

La búsqueda de la verdad muchas veces significa desligarse de viejas fundaciones de pensamientos que antes brindaban sustento. Cuestionarse todo lo que uno creía que era verdad y ser sumergido en un mundo inestable y confuso. Tener que delimitar y esbozar nuestro propio concepto de Übermensch, de persona ideal.

Es un precio que hay que pagar conforme la mirada evoluciona, nuestras facultades se vuelven más perceptivas, un sentimiento de escepticismo vigilante se vuelve siempre presente al estilo de las pantallas de Big Brother. Las historias que antes nos contábamos dejan de ser suficientes, cuando el individuo es consciente de la verdad (la verdad que extrae de su experiencia subjetiva) se vuelve imposible volver a un estado previo de ignorancia. 

“Toma la píldora azul: el cuento termina, despiertas en tu cama y creerás lo que quieras creer. Toma la píldora roja: permaneces en el país de las maravillas y te mostraré qué tan profundo llega el agujero del conejo.” 

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