La divinidad y las heces

Do not go gentle into that good night.

Rage, rage against the dying of the light. 

Así da fin, Dylan Thomas, a unos de los poemas más icónicos de la raza humana. Un poema que habla de esta especie, que la retrata y que la exprime; un portal hacia la tristeza y la pasión. Un grito, un recordatorio. La letra de la ópera humana, el espacio abierto hacia la infinidad y el muro con el que nos estrellamos.

Un poema que no nos exige menos que inquietar las mariposas del estómago y las hormigas en el cuerpo, desgarrar nuestra garganta con las miles de historias que hasta hoy hemos encubierto de forma somnolienta; postrar la mirada en el camino y desafiar nuestros sueños.

Romper el silencio al anochecer, o recrear nuestro propio silencio; gritar y gritar, desafiar la organización biológica de nuestras cuerdas vocales para que el aurora boreal no sólo descienda en espectáculo sino se despida con mi eco. No obedecer al sistema, sino ser nuestro propio sistema, manipular nuestra vida bajo propios términos y no pretender comodidad al ser manipulados.

Experimentar con todos aquellos sentidos disponibles en nuestro cuerpo y recuperar el alma que hemos vendidos a plazos, aplastar el tiempo y volar en la idea de vivir para siempre o morir nunca, dejar un legado ocupándose en la invención de una nueva humanidad, asignando una firma más en el mural de nuestra especie en contribución.

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Dylan Thomas, retrato ilustrado.

No tendría muchos días de vida después que concluido de escribir, Dylan Thomas a sus 38 años y muriendo un año después, con su cigarro sostenido entre los labios, dejó caer satisfecho su pluma sobre el papiro teñido con la tinta que leía In Country Sleep, And Other Poems (Dent, 1952), donde incluiría su obra maestra al principio mencionada.

Tal vez murió joven, tal vez murió tranquilo, sabiendo que su vida fue un constante estado de turbulentas aguas; un trago y un cigarro, lápiz en la mano y el canvas que se teñiría con todo aquello que ahora prolonga su vida en muerte; se acerca hacia a nosotros susurrando al oído que existe un estado mental en el cual podemos crear grandes cosas, sin importar dónde estemos o cómo nos llamemos, el estado de flujo es indiscriminante y super placentero.

Sin embargo, he allí dos líneas de diálogo que luchan por ver la luz. Un ser que ama infinitamente, sueña ya sea al abrir o cerrar los ojos, escribe eternos poemas y es, a la vez, el mismo que termina siendo asesinado por la bebida, el tabaco y sus cansancios; sin la ingesta de alimento no poseía suficiente energía para continuar escribiendo y si no escribía, ¿para qué vivir? al cabo de un tiempo, ese mismo alimento que le otorgaba energías, ahora debía ser defecado. Y no es sorpresa para nadie, que este ciclo se repetía varias veces al día a lo largo de 40 años – o 50, 90, 100, este ciclo irrespeta toda forma de vida y tiempo que haya en el ser vivo que ocupe.

Debemos afrontar el hecho que tenemos un ser que sueña y un ser que defeca. Ambos ocupan el mismo cuerpo y requieren de su dieta, hábitos y  su tiempo. 

El debate interno entre un ser mundano y el trascendental. Un ruido que nos ahoga tal cual diluvio mental, obstruimos toda entrada o salida de ideas con la almohada hasta esperar que el llanto cese.

Ante esta cuestión divina de soñar, detenidos, congelados, enfrentándose a nuestros miedos y alegrías, nos paramos en el abismo de aferrarse a lo invisiblemente inefable o a lo físicamente inevitable, ser fieles a nuestra voz o ser permeados por la de los demás y tan solo especular. Queremos que se nos entregue el rubí – inclusive dos, si se puede – de la resolución en nuestra manos. Un cristal en el cual visualizar qué futuro tendremos al dar el paso hacia adelante, para no abrumarnos o seguir durmiendo.

Pero es inútil pretender que solo nos vemos al espejo cuando realmente procuramos romperlo al cruzarlo; qué importa que al atravesar el espejo encontremos un desastre, que nos hayamos provocado una gran herida o múltiples rayones, es solo la carne que hay en nosotros la que sufre, si la vida siempre tendiera a la entropía, entonces, ¿por qué las heridas sanan?

El 99% de lo que estás hecho es invisible e intocable – Buckminster Fuller.

Quizás, en perspectiva, el mejor en definir tal solución es el legendario arquitecto, inventor, diseñador Buckminster Fuller:

“El físico es intrínsecamente entrópico, liberando energía de maneras cada vez más desordenadas. La metafísica, en cambio, es la energía antientrópica, metódicamente ordenadora. La vida, por ende, es antientrópica. Es espontáneamente curiosa. Se ordena y se esfuerza por comprender”.

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Retrato de la revista TIME.

La vida es en sí, anti-entrópica. Recolectando, cada vez más, mayor energía, dándola de vuelta y provocando esta rueda que gira por sí misma. Nuestra alma, el piloto soñador, es totalmente metafísico y casi depende tan solo de él para vivir, únicamente, bajo cierta condición: que habita un ser que pronto será comida para gusanos.Pero deben de huir el rencor y la tristeza, porque son esas mismas condiciones, las causas que al amanecer de hoy, vivamos a la par de la literatura, la música, el cine y la tecnología – junto a todas ellas el humano aprendió a sobrepasar su armazón orgánico y situarse en la magia de la historia.

No olvidemos que de niños el epílogo del sueño se comenzaba al despertar, tratando de recrear el mundo imaginado y simularlo viviendo con los ojos abiertos y el corazón latente ante estas próximas aventuras.

The Gods are waiting to delight, in you – Charles Bukowski.

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