Nihilismo, hermenéutica y la falta de sentido

La condición humana está caracterizada por una sed inextinguible de sentido, una sensación en el estómago de vacío, un hambre por significancia. Un ser en guerra, saturado de sentimientos en constante desacuerdo y condenado a no cesar de luchar hasta ponerlos en calma. Infligido por una necesidad de encontrar una respuesta, una coartada muy elaborada que encasille el significado de la experiencia humana y le permita funcionar en el mundo. Somos criaturas que requieren de cierta dosis de certeza para poder subsistir, impregnamos de significado todo lo que nos rodea, una simbología, una etiqueta y un precio, una descripción y un valor, un para qué. El comportamiento del ser humano siempre está condicionado a una intención por la qué realizar o no una acción. Este porqué impulsa la voluntad de existir y tomar decisiones. La significancia, al igual que el oxígeno y el agua, es un elemento indispensable para la vida.

El orgullo humano es aterrorizado con la reflexión de que quizás, solo quizás, nuestra existencia no sea nada singular, que toda la progresión de momentos y experiencias no equivalgan a nada, que somos una mera migaja de pan suspendida en una inmensidad ambivalente, sin mayor valor intrínseco que una cucaracha o un ciempiés, condenados a perecer, presenciar nuestro propio marchitar y que nuestra existencia sea sepultada entre polvo y residuos de comején en alguna remota biblioteca.

Desconfiamos lo que no podemos entender, lo incognoscible, lo monstruoso, la muerte, entablar un diálogo de tú a tú con la nada. La incertidumbre de no poder pronosticar el resultado. El hecho que nuestras acciones no tengan algún fin determinado, que el sudor de nuestra frente sea en vano. Tenemos un patrón de pensamiento incrustado que nos intenta convencer que todo sacrificio debe traducirse en una remuneración, similar al adolescente que en media crisis existencial no quiere ejercer el mínimo esfuerzo por nada a menos que su empeño sea recompensado.

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A lo largo de la historia, la religión siempre ha saciado nuestro apetito por concebir un orden. Ha cumplido una función de sostén ontológico, manteniendo nuestras facultades protegidas, firmes, provisionando sentido, un sentimiento de pertenencia, una narrativa que garantiza la vida eterna a quien transite su camino. El cual ajusta todo comportamiento moral y soporta la existencia misma.

La impermanencia (anicca en el idioma pali) es uno de los conceptos centrales en el budismo. Todo está sujeto al cambio, nada permanece en su estado de fábrica, las configuraciones cambian, las hojas se marchitan, los momentos se hunden.  El poco de certeza que logramos encontrar en el mundo se desvanece rápidamente al hacer contacto con esta sucesiva hilera de momentos, perfectamente entrelazados, subordinados por el cambio. La única certeza que se logra encontrar en este concepto es la de un cambio perpetuo, un viento que no para de soplar, hasta el que individuo, eventualmente, logra escapar  de Samsara.

Pero conforme el individuo pierde su capacidad de tener fe al relacionarse con el mundo, estas soluciones paliativas dejan de ser suficientes para complacer su apetito por entendimiento. Distraerse con este sostén ontológico sería caer en la equivocación más grande humana, mentirse a sí mismo. El problema principal  por responder se vuelve:

¿Cómo trazar  un mapa ontológico con el cual el individuo pueda vivir tranquilamente sin tener que entrar en el dominio de la fe?

El individuo escéptico se vuelve un técnico experto en desmantelación de construcciones ideológicas. Intentando explicar el mundo solamente por la razón, buscando lo tangible, lo “real”. Construyendo y derribando sus propias creaciones. El mismo acto de desarmar una línea de pensamiento es lo que le da razón de ser. En busca de la verdad con mayúscula se llega a lisonjear la crítica, la incesante cadena de comentarios licenciosos sobre todo lo que falsamente proclame certeza. Un aficionado de la pirotecnia, de la destrucción y el caos. La búsqueda es el combustible que lo mantiene funcionando existencialmente en el mundo, la expectativa de encontrar algo, su capacidad de interpretación y entendimiento. La posibilidad de un sin fin de maneras de ser, el deseo de acrecentar la realidad, de transcribir un mapa ontológico real.

No se trata de rechazar la existencia de alguna fuerza superior, el individuo escéptico acepta que no puede llegar a probar o negar su existencia y dedica todas sus energías a buscar algo que sí esté a su alcance.

Cuando el escepticismo moderno se encarga de eliminar todas estas fuentes de certeza existentes, el esoterismo y la ideología, se topa de frente con una senda sin salida, un muro indiferente de metal oxidado. Se vuelve incapaz de coquetear con cualquier noción de permanencia en un mundo supeditado por la entropía y el cambio. Al calentar estos músculos de incredibilidad, el individuo llega a la conclusión de que todo juicio, teoría o certeza es relativo, no se acepta ningún principio como artículo de fe. Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado, dijo una vez Nietzsche. Pero el problema principal no es la muerte de Dios sino la falta de sentido que deja su ausencia. Toda la narrativa religiosa del paraíso eterno se desvanece y el hombre pierde su manto ontológico con el cual solía cubrirse de un mundo de absurdidad glacial. La neblina nihilista rellena el vacío engendrado por la falta de sentido y amenaza de muerte a todo aquel que habite en ella. Toda regla moral revelada en la cima del monte Sinaí es sentenciada a la guillotina.

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“Si Dios no existe, todo está permitido”

Al enfrentarse a esta falta de sentido, el individuo lucha con todas sus fuerzas, aferrándose a lo único que conoce  que le dará la significancia. Sin saber cómo realmente utilizar esta nueva libertad que se le ha otorgado.

Cuando se llega a la conclusión de que la vida no tiene algún propósito específico, un puerto en el cual desembarcar, el sentido más sensato que puede encontrar el humano es profetizar el hedonismo o practicar el suicidio. Aprovechar la experiencia al máximo antes que se acabe o simplemente hundir el barco forzosamente.

El hombre contemporáneo intercambia la catedral por la discoteca. Este templo moderno de fragmentación donde el individuo encuentra un sentimiento de certeza cuasi oceánico, de una breve inmortalidad, en la cual el tiempo se distorsiona, los minutos dejan de esparcirse y toda aflicción por la muerte se disipa en una explosión orgiástica de juventud y eternidad. Con la ayuda de estímulos sensoriales delicadamente esbozados el individuo se pierde a sí mismo y encuentra su propia divinidad en unos cuantos momentos efímeros de satisfacción sintética. Con la sorda esperanza de algún día oír los acordes de lo infinito, absorto en el palpitar del beat, abstraído en su propio palacio de pensamientos y movimientos lúcidos. Eventualmente, teniendo que volver a su estado mundano de sobre preocupación existencial, el problema germina cuando el individuo se obsesiona con la idea de habitar artificialmente en este estado celestial. Buscando, siempre buscando, sin nunca encontrar algo estable a lo cual aferrarse, algo.

“We smash our sense of separateness in a form of electronic Buddhism” – Alan Harrington

Queremos que nuestra historia tenga un plot, una consumación, una consagración.

A nivel existencial, esta sería la pregunta más fundamental para la filosofía, encontrar sentido en el juego del cual desconocemos las reglas o su objetivo. Obligados a existir, teniendo que experimentar las mecánicas del juego sin comprender su propósito.

Un mundo absurdo, indiferente a nuestros deseos, vacío de todo entendimiento certero. Todo esfuerzo por encontrar un significado intrínseco a la vida fracasará en última instancia, la gran cantidad de información, así como el vasto reino de lo desconocido hacen que este ideal de conocimiento sea utópico. Para Camus, The Absurd es esta interacción entre el deseo del hombre por encontrar algún valor inherente en la vida misma y su incapacidad de satisfacer este anhelo. Las cosas son como son, por más que queramos que sean diferentes, se debe aceptar este hecho para mejorar la situación. La existencia no es ningún proveedor confiable de sentido, sus productos tienden a costar más de lo que aparentan y la mayoría del tiempo adaptan un carácter tosco después de usados dejando al individuo con aire de estafado.

“There is but one truly serious philosophical problem, and that is suicide. Judging whether life is or is not worth living amounts to answering the fundamental question of philosophy” – Albert Camus

Aquí es donde el arte de la hermenéutica se encarga de concebir mapas ontológicos que le permitan al individuo vivir de acuerdo a su código genético. De transformar su existencia sin sentido en una creación artística digna de ser vivida una y otra vez.

La existencia es un peso que se debe cargar todos los días, una hazaña repetitiva donde el individuo debe buscar significancia para mantenerse a flote. Al igual que Sísifo, condenado perpetuamente a rodar una roca hasta la cima como castigo de los dioses. La solución que encuentra Camus a este problema es la actitud “absurda”, la cual consiste en vivir la vida a pesar de la constatación de que no tiene sentido alguno, rebelándose en contra de la falta de sentido.

El hombre absurdo encuentra sentido en el conflicto, enfrentándose desnudo ante la existencia. La contradicción debe ser experimentada, sus mecánicas deben ser admitidas. Sin embargo, la neblina nihilista no debe ser aceptada nunca: el héroe absurdo requiere constante rebeldía. Rechazando toda noción de victimización, pasividad o suicidio sea físico o filosófico. Aprendiendo a habitar en la incertidumbre. Aceptando la naturaleza cíclica de nuestras vidas, el aburrimiento de lo conocido, la rutina y rociando estas partes monótonas con sentido.

Sin un significado de la vida, no hay escala de valores. Al desligarse de toda esperanza por un futuro mejor o por una vida después de la muerte, el hombre absurdo gana libertad en un sentido muy concreto, encontrando sentido en la carencia del mismo, imaginándose a Sísifo feliz mientras cumple su escarmiento y finalmente diseñando su propia tabla de valores basada en el conocimiento explícito de su condición humana, la rebeldía, la libertad y la pasión.

11 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Rafael Sanchez dice:

    Excelente y significativo artículo, me da respuesta precisa de preguntas que me formulaba personalmente, respecto a la perdida de significado en una sociedad de consumo cuyas nuevas generaciones son cada vez mas indiferentes a las anteriores.

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    1. juliancampa dice:

      Muchas gracias por la atención Rafael, justamente esa fue la razón que me inspiró a formularme estas preguntas, cómo el individuo puede llegar a crear sentido para sí mismo en una sociedad cada vez más saturada de apatía. Al final llego a la conclusión optimista que aún hay personas que buscan un sentido más profundo de la vida, solo hay que escuchar cuidadosamente entre todo el ruido.

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  2. Xavi dlc dice:

    De hecho esos son los momentos que se valoran, cuando sabes que tienes que cargar la ese peso, no todas las personas saben lo que cargamos como Sísifo, ni encuentran el objetivo en “la falta de este” como se podría ver. El objetivo es cargar la roca y que esta ruede colina abajo, eso está claro para Sísifo, ese es el ciclo, sólo que nosotros no queremos que nuestra piedra ruede abajo, y ni siquiera sabemos lo que la piedra es. Puede ser lo que a uno le de la gana. En otras palabras, hay que dejar de buscar “el significado de la vida” y ponerse a bretear en lo que uno quiere lograr, sea la mierda que sea.
    Muy buen artículo!!!

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    1. juliancampa dice:

      Solo así se llega a encontrar sentido en el sufrimiento, sumergiéndose totalmente en el proceso de empujar la roca hasta la cima, gracias por el comentario amigo!

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  3. Sergio dice:

    Muy interesante articulo. A pesar de la tragedia humana. Tragedia vivida consciente o inconscientemente, todos compartimos la hermandad de la ignorancia. Sin saber por qué y para qué. A veces admiro, a todos aquellos, que viven sin detenerse a contemplar su existencia. Configurada en gran parte, por otros; en nuestros días, basada en la superficialidad. No obstante a ello, estoy convencido de algo superior, que trasciende nuestras consciencia. Porque así lo demuestra nuestro entorno, que exterioriza “complejidad y perfección”. “Dios ha muerto porque el hombre lo ha matado” en la forma de comprenderlo. Quizás algún día la humanidad, producto de esta corriente que no permanece estable, comprobé que la muerte yace en este mundo, en la forma de vida y creencia que llevamos. Imposición con maquillaje de cultura. Colocando lo material como fin, en vez de un medio para llegar a un fin. En fin, la muerte como proceso evolutivo de nuestro ser, se convierte en esperanza para salir definitivamente de la ignorancia.

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    1. juliancampa dice:

      Yo parto del hecho que somos incapaces de comprender si hay algo mas allá o no. Evito caer en la pretensión de creer ciegamente que mi verdad es la única verdad. Lo único a lo cual puede aspirar el hombre es a salir de la ignorancia, cultivar una visión del mundo instruida, alejarse de todo pensamiento binario de bien y mal. Muchas gracias por el comentario, comparto mucho de lo que dijiste, son pensamientos que constantemente dan vueltas por mi cabeza, especialmente el del peso de la consciencia.

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  4. Sergio dice:

    Proseguir en la búsqueda mas allá de los matices, es quizás, el sentido de nuestra pobre existencia. Lo loable es haberse dado cuenta, de la oscuridad que nos abruma. . Abrazos muy buen articulo y comentario.

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