Exhibicionismo digital, redes sociales y otras patrañas

La inevitable irrupción de lo digital en nuestra sociedad ha traído muchos cambios. Esta consiguiente pérdida de distancia, donde todo llega en el momento mismo de partir, donde todo acontece de forma simultánea. El mundo se ha vuelto compacto, a la comodidad de nuestros pulgares. Consecuentemente, el celular se ha convertido en una extensión del organismo, la evolución tecnológica ha transformado la manera en que pensamos, reformado cómo interactuamos con el mundo y  cómo nos relacionamos entre nosotros.

Las redes sociales son el nuevo oxígeno, la atención el nuevo objeto de transacción por el cual todos luchan hasta la muerte como si fuera el último trozo de carne. Al ser un intercambio sin compromiso y de carácter pasivo, la atención se vuelve un recurso que el individuo brinda involuntariamente, de manera instintiva elige qué objetos demandan atención y cuáles serían una pérdida de tiempo para su experiencia. La atención es el recurso más importante actualmente, en él se encierra la capacidad de influenciar las masas, persuadir su pensamiento y dictar su comportamiento.

Moby & The Void Pacific Choir – Are You Lost In The World Like Me? (Official Video)

El internet ha reemplazado el espacio público como medio de difusión de ideas, engendrando así su propio lenguaje y códigos semánticos; infligido por el virus del marketing, atraganta a sus usuarios con una dieta empobrecida de contenido influenciado por los dioses del consumismo, la avaricia y el egoísmo. Este medio no proporciona los aminoácidos necesarios para enriquecer la subjetividad del sujeto promedio, la sociedad se vuelve más pobre en su discurso al sumergirse en esta telaraña de comunicación simultánea fascinada dogmáticamente por lo superfluo, el mundo se reduce al espectáculo, lo nimio, lo banal. La tremenda cantidad de información eleva masivamente el nivel de ruido. Perdiendo así todo contacto visual con el conocimiento intrínseco a la experiencia humana.

Produciendo al azar multitudes de individuos aislados, sin cohesión alguna, hinchados de orgullo y ego despampanante, el individuo deja de ser una entidad política con la capacidad de producir un “nosotros“. Incapaz de salir de su propia franja de subjetividad  y ponerse los botines del otro, perdiendo así la construcción empática que nos caracteriza como criaturas sociales.

“A diferencia de la masa clásica, el enjambre digital consta de individuos aislados, carece de un nosotros capaz de una acción común, de andar en una dirección o de manifestarse en una voz. La hiper-comunicación digital destruye el silencio que necesita el alma para reflexionar y para ser ella misma. Se percibe solo ruido, sin sentido, sin coherencia.” – Byung-Chul Han

Aquí, es donde empieza el nacimiento del espécimen narcisista-depresivo, según Byung-Chul Han, quien para sobrevivir en un mundo indiferente debe sobrecompensar agudizando su yo. Enajenado en su propia subjetividad (junto con todo su bagaje emocional y  diccionario de experiencias pasadas) establece un canon moral inconsciente para funcionar en el día a día contemporáneo. La única fuente de sentido se agudiza en la atención, si no somos reconocidos, vistos, observados, es como si ni siquiera existiéramos.

Debe haber un otro que nos atiborre de significancia, ¿somos criaturas sociales, no? ¿o quizá es necesario convertirse en una fuente autosuficiente de sentido?

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Byung-Chul Han, filósofo  coreano/alemán.

Según la Real Academia Española, el exhibicionismo es el deseo persistente y excesivo de mostrarse, exhibirse y manifestarse en público. La meta del exhibicionista digital no es la excitación sexual, sino la aprobación, el halago, la alabanza, el aplauso, y en definitiva, el refuerzo social, por parte de aquellas personas con las que interactúa.

Como consecuencia, se produce una complicación para gozar la vida en primera persona, el exhibicionista digital no disfruta de sus actividades, no actúa por sí mismo sino por la validación de un otro. El exhibicionismo digital se podría considerar una ramificación del nihilismo moderno. El individuo solo llega a encontrar sentido en lo absurdo de la existencia cuando es validado por el otro. Sin ningún río metafísico lo suficientemente ancho como para abastecer significancia a sus acciones, la existencia deja de tener sentido.

Likeaholic, arte por Asaf Hanuka.

Este comportamiento también parte de un fallo de autoestima, un circuito quemado que influencia todas las acciones del individuo. Esta infravaloración personal se manifiesta como la necesidad imperiosa de distinguirse, de llamar la atención, de sobresalir entre la multitud, al igual que Eróstrato quien, impulsado por su afán de obtener fama a cualquier precio, decidió incendiar un templo muy reconocido, y en esa destrucción su nombre llegaría a ser recordado a lo largo de la historia.

«Se descubrió que un hombre había planeado incendiar el templo de Diana en Éfeso, de tal modo que por la destrucción del más bello de los edificios su nombre sería conocido en el mundo entero»

El exhibicionismo digital es un producto negativo de las redes sociales, donde el individuo pretende no necesitar a los demás regocijándose en su propio yo trascendental, mientras
su frustración aumenta silenciosamente por la falta de algún tipo de lazo significativo.

La serie británica de netflix, Black Mirror, demuestra este mismo problema en su episodio Nosedive. El episodio evidencia un futuro no tan lejano, donde la sociedad es gobernada por un número arbitrario de jerarquía social.

“Un mundo donde lo que vale no es el ser, sino el aparecer”.

Las personas intercambian likes de acuerdo a su comportamiento, todos se esfuerzan por armar una casa de cartas a la medida, una imagen de éxito y perfección utópica. Todo se vuelve adulterado en esta sociedad de apariencias. La validación social y la necesidad de encajar en el molde se salen de control, convirtiéndose en un impulso de supervivencia donde el individuo debe rendirle culto a este número arbitrario para sobrevivir.

Black Mirror, temporada 3, episodio 1: Nosedive.

Las relaciones genuinas entre seres humanos desaparecen, el exhibicionismo se vuelve la única manera de conseguir aprobación, el individuo se obsesiona con la idea de persuadir a los demás mediante actos de altruismo fingidos. Cada conversación, cada gesto, cada sugestión se torna artificial, toda acción se hace en busca de una recompensa. El otro se vuelve un medio para llegar a un fin, la supremacía social, ascender a la élite que disfruta de todos los beneficios. Buscando siempre algo a cambio, las interacciones humanas son perturbadas por deseos egocéntricos, se convierten en una oportunidad de enaltecer al individuo.

Esta separación de toda relación significativa solo genera un mayor sentimiento de abstracción con el mundo, sustentando así esta persecución maniática por aprobación, todo por un último jalón breve de cariño, amistad u amor. Perdiendo así, cualquier concepto de autenticidad, el individuo se olvida de su propia voz, busca  impresionar a los demás con una casa de cartas mal hecha, jugando a ser otra persona mientras esconde sutilmente su verdadera naturaleza. La sociedad es condicionada a siempre estar feliz, sonreir, decir ohh that’s lovely! Quien no se adapta al juego queda marginado de esta sociedad superficializada. El exhibicionismo se vuelve la religión, mostrar el hightlight de los mejores momentos o por lo menos crear la ilusión de perfección 24/7 con el mismo planeamiento riguroso de una producción cinematográfica.

El individuo narcisista-depresivo se encarga de crear una coraza de superficialidad con la cual protegerse del mundo. Pretendiendo ser el centro de universo mientras obtiene aprobación por parte de la sociedad pero, en el momento que esta validación desaparece, sus facultades internas comienzan a combustionar. En el episodio, se muestra paso por paso el espiral descendente hacia la locura, la pronunciada caída de vuelta a la realidad de Lacie, la protagonista, al querer ganar la aprobación de su amiga de infancia admirada (fanática de yoga, los peluches de trapo y dosis casuales de tapioca) y su inevitable catarsis de liberación al final.

You sound like a lost little lamb that just got told that there’s no Santa Claus.

En este mundo donde la libertad de habla podría significar el rechazo, el exilio o ser relegado a manejar un furgón en medio de la nada, todos tienen miedo de mostrar sus verdaderos colores, de ser leídos, de decir lo que piensan. Ser auténtico significa aceptar el inevitable hecho de que no todos estamos cortados con la misma tijera, no todos tienen el mismo mapa mental. Ser real significa aceptar el aislamiento o la falta de validación, escuchar el sistema instintivo direccional que siempre busca cultivar la integridad.

Solo así el individuo narcisista-depresivo puede encontrar sentido en sí mismo y en el mundo, creando lazos significativos. Afirmando su propia individualidad, tirándose al agua, siendo vulnerable y descartando todo miedo o inseguridad por mostrar su esencia al mundo.

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