En busca de la soledad fértil

Conforme avanza el ejército de la comodidad y lujo en que vivimos, la capacidad del hombre de ejercer atención disminuye. Buscando satisfacer instintos biológicamente tatuados con la excusa de prolongar la vida y reproducirse, llega a asentarse en una rutina de complacencia aceptada. Relega lo poco que queda de su atención y empeño, hacia un ocio ritualístico y compulsivo, en vez de florecer el individuo se acostumbra a solo hacer lo necesario para mantenerse a flote. Simplemente sobreviviendo, día tras día, hasta que, eventualmente, los esfuerzos por resistir la fuerza de la gravedad se vuelven inútiles. Ciegamente siguiendo órdenes mientras sus habilidades de director de orquesta son enterradas bajo el polvo del olvido y instrumentos oxidados.

Esta vida de complacencia aceptada le resulta cómoda pero hace al individuo perder la capacidad de construir. Negándose rotundamente a la construcción de un camino. Se olvida  de cómo utilizar sus herramientas, deja de martillar por miedo a aplastarse los dedos, pone ladrillo tras ladrillo, odiando cada segundo de su tortura productiva, hasta que eventualmente, se convence que sus esfuerzos son estériles y tira la toalla (o en este caso los ladrillos).

Una generación acostumbrada a consumir contenido a una velocidad inigualable, a la gratificación instantánea, a despreciar el todavía no y regocijarse en la promesa  inmediata del ya. Maestros del despilfarro, entrenados religiosamente para seguir el ciclo de consumir y tirar, y tirar para consumir. Cuando el individuo intenta aplicar esta misma fórmula a su propia existencia, se da cuenta que no puede deshacerse fácilmente de lo que ha creado. No ha sido preparado para contemplar el abismo sin horrorizarse. Lo único que conoce es reaccionar ante las circunstancias y cumplir con el rol de espectador pasivo. Observando silenciosamente algo de lo cual no puede escapar.

Nunca antes, en la historia del ser humano, la demostración más grande de heroísmo había sido sentarse en una habitación a solas, sin ninguna distracción, observando los platos sucios; el ecosistema de libros sin terminar, las proyecciones que nunca llegaron a realizarse y la cantidad exuberante de polvo debajo de la alfombra, que al parecer, adquirió la capacidad de reproducirse asexualmente. En su aislamiento mental el individuo llega a experimentar el peso compulsivo de su propia existencia. La contemplación se vuelve una tortura medieval. Awareness of self becomes the enemy. Hay que escapar de lo que no se puede escapar, uno mismo. El diálogo interior se vuelve esta interacción incómoda que ilumina toda la suciedad acumulada de nuestra condición humana.

Aquí es donde comienza la maratón olímpica escapista, la cual tiene un solo objetivo: adormecer la conciencia y atragantarse con una sucesión interminable de estímulos. Saturar tanto la sucesión de momentos hasta que sea imposible escucharse a sí mismo entre tanto ruido.

Se pierde la capacidad de analizar minuciosamente un cuadro, una película, un libro, una persona. Encontrar en ellos detalles encriptados en lo común que no pueden verse de reojo. La atención delicada a un objeto, abre un portal a un mundo mágico de detalles, como el fotógrafo que ve más allá de su lente para capturar una historia, un momento mágico, un gesto natural. Entre más entretenimiento y distracciones encuentra el hombre moderno, más se aleja de la esencia inherente de las cosas. Lo más difícil, hoy, para el animal humano, esta criatura que camina en dos patas y no tiene ningún sentido de gratitud, según Dostoyevski, es estar solo por largos periodos de tiempo, contemplando todo lo que le rodea, entreteniendo memorias del subsuelo.

Muchos psicólogos modernos, consideran la soledad como una epidemia, esta sensación de abstracción total; enajenación, el ser invisible, similar a una terapia de acupuntura helada. No es necesariamente una falta de proximidad física, sino, una falta de conexión significativa con alguien o algo, escasez de algún propósito ulterior; la carencia de un ‘porqué’, que brote de significancia nuestro ‘como’.

De esta línea de pensamiento proviene la famosa frase de Nietzsche:He who has a why to live can bear almost any how.”

El otro que funcionaba como ‘porqué’ desaparece, dejando al individuo sintiéndose totalmente enajenado en su esteparia existencia. Buscando  desesperadamente un poco de agua en el desierto para tratar su insolación y algunos centímetros de sombra. Se anhela cualquier tipo de conexión pero al mismo tiempo se escapa de la misma, se quiere estar acompañado pero es más fácil mantenerse solo, se manifiesta como un grito silencioso, que quiere ser escuchado pero se aterra de la idea misma de decir lo que siente al mundo.

El silencio se convierte en la respuesta más sensata, recitar nuestras mayores frustraciones y rincones oscuros de la experiencia humana ante un público indiferente que nos juzga y lanza diversos proyectiles orgánicos, hasta derribar lo poco que quedaba de nuestra frágil autoestima no es una línea de pensamiento que produzca optimismo por las mañanas. La mentalidad de víctima tiende a inclinarse hacia la lúgubre idea de impotencia antes que enfrentar la responsabilidad de trazar un camino.

Este proceso continúa hasta que el individuo se ahoga lentamente en su propia soledad y su ineptitud de vivir con ella lo sumerge aún más en el aislamiento. Similar al sentimiento de estar enterrado bajo tierra en un ataúd de madera, claustrofóbico, escuchando lentamente como cae más y más tierra encima. El acto consciente de impotencia a la situación, la angustia desenfrenada del animal enjaulado al saber que no puede liberarse por su cuenta. Con sus manos atadas y solo una pequeña luz en la oscuridad, diez metros bajo tierra. Pegando su cabeza contra las paredes, deseando cada segundo que este sentimiento infernal de entierro viviente termine.

Kill Bill: Vol.2 (2004)

Este aislamiento emocional, tiene la tarea de convertir el dialecto de nuestros sentimientos en ecuaciones infalibles, codificar su significado empolvado, hacerlos visibles para que puedan ser expresados. La soledad invita  cordialmente a su visitante a reflexionar, a experimentar su propia condición humana, a entablar diálogo con su parte olvidada debajo de la alfombra y al mismo tiempo deslumbrarse con su potencial esperando por germinar.

El problema está cuando el individuo rompe este patrón natural cada vez que experimenta este aislamiento emocional, condicionándose a sí mismo a correr por correr, a escapar de cualquier sentimiento incómodo sin importar que nadie lo esté persiguiendo para al final terminar enredándose cada vez más en su propia telaraña de mierda. La soledad que debería servir como tierra fértil, para cultivar y tejer ideas en el subconsciente, se ha vuelto una fuente de ansiedad.

Sin la otredad que valide su existencia, el consumidor pierde toda autoctonía de ser. No logra entender las reglas del juego o las mecánicas de cómo vivir sin un espectador, incapaz de sobrevivir sin un like,  un mensaje de texto.  Por cada acción que realiza, la sociedad lo premia con validación, una galleta para perro, a pat in the back. El individuo se acostumbra a buscar aprobación en cualquier rincón, viviendo para los demás, mendigando boronas de significancia, descuidando cada vez más el jazz existencial que solía energizar su perspectiva.

El trabajo creativo es solo posible cuando se está en un estado de soledad fértil, cuando este aislamiento no es una condena aceptada, sino, que se utiliza para canalizar nuestro arquitecto interior y trazar los planos del edificio más alto que nuestro ingenio sea capaz de concebir.

La soledad puede moldearse para mudar sus ropas de melancolía debilitante y convertirse en un campo fértil impregnado de prosperidad y sosiego budista, es el rincón elegido dónde alzar la tienda, el asentamiento a la intemperie donde se colocan los cimientos de abundancia, en el cual, el individuo, arrebatado por su impulso de curiosidad, se dedica a consumir desenfrenadamente cualquier información que alivie su deseo de superación.

Donde el individuo inspirado por trascender de su propio código genético, reconfigura sus settings de caja defectuosos, going beyond the chemistry of his own body .

“If you’re lonely when you’re alone, you’re in bad company.” – Jean Paul Sartre

Solo así, el artífice solitario logra crear su propio camino, enamorándose ciegamente del proceso, disfrutando exquisitamente de cada pincelada, desapegándose de toda necesidad de validación exterior, entrando en un trance creativo inigualable donde las palabras simplemente aparecen de manera fluida. Sumergiéndose paulatinamente en el espiral de su propia soledad, poco a poco, hasta llegar a la cantidad de agua necesaria para hidratarse y sacarle punta a sus facultades.

La creación artística requiere de un aislamiento físico y emocional, una metamorfosis de pantano a lago cristalino donde el individuo pueda aprovechar los acordes de su subconsciente y canalizar toda su energía glacial hacia la creación de un producto de valor, de algo que trascienda su existencia personal, capaz de cambiar el prisma de colores con el cual percibe el mundo. Eventualmente, el individuo debe reincorporarse al mundo, con el agua hasta el cuello y al borde del colapso psicológico, emerge de su cautiverio acuático con el ímpetu de un volcán en erupción, para, al final, compartir lo que ha traído al mundo.

“Llegar al punto donde podamos partir en soledad sin ningún remordimiento, con la idea de no hacerlo en silencio.”

Se trata de llegar a un pacto honrado con la soledad, volverla habitual, reconfortante, rehabilitadora, refrescante. Encontrar el balance entre aislamiento productivo y expresión colectiva y, así mismo, incorporarnos al mundo de manera genuina.

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