La situación amorosa

Llega un momento en la vida de todo niño, donde sus respectivos progenitores dejan de ingeniarse estratagemas de entretenimiento creativas, y agotados por ejercer día tras día sus dotes de parenting, sumergen al niño en el universo mágico de las películas de Walt Disney.

Este suele ser el primer contacto con la narrativa  romántica de Disney acerca del amor, la cual se caracteriza por una búsqueda desenfrenada de alguien (o algo en muchos casos) que llene nuestro vacío existencial, nuestra media naranja, manzana, pera, soulmate, alguien a quién otorgarle el honor metafísico de ser llamado “mi vida”, “mi amor” para luego vivir juntos y ser ultra felices para siempre en algún castillo distante (ojalá volador y con un jardín al estilo de Versalles)  hasta el final de los tiempos, donde el individuo goza de un amor infinito que no puede desvanecerse, ni siquiera al enfrentarse con la condición humana. Este amor idealiza a su pareja y traza delicadamente a pincel rosa toda esta visión utópica de lo que será su mágica experiencia amorosa. Esta es la visión de amor más comúnmente adoptada hoy en día.

El amor es la droga más antigua que ha conocido el ser humano, ese momento de intimidad sutil, donde dos miradas curiosas se topan con un mundo de fantasía, donde los ojos son atraídos impetuosamente hacia el objeto que les promete completitud, intentan disimular el magnetismo que jala la mirada. Capaz de transportarnos a un plano de existencia sublime y entablar diálogo con lo infinito. El individuo alcanza su apoteosis con la experiencia amorosa, siente su divinidad en medio de un océano de neuroquímicos que bailan al ritmo de un vals incesante.

La La Land (2016)

Cada uno entretiene ideas distintas de lo que es el amor y se deja ser seducido por la cual sea más excitante, lo cual se traduce a muchas piezas de rompecabezas distintos que a la hora de establecer una relación simplemente no calzan. Todos buscamos algo diferente de la experiencia amorosa,  algunos buscan satisfacción sexual, otros prefieren sólo estatus o dinero, un poco de aprobación externa para finalmente sentirnos que somos una persona de valor, una relación interdependiente al estilo de Frank y Claire Underwood basada en nuestros intereses propios o quizá solamente compañía y una pizca de afecto; la llegada del otro es como un organismo alienígena el cual no sabemos si viene en son de paz o con deseos de conquistar la raza humana.

Se buscan relaciones donde ambos están en una página diferente, siguiendo las reglas de otro manual de instrucciones, con el propósito de satisfacer un deseo de conquista sexual, llenar un vacío emocional, conseguir algo que me haga sentir más. El deseo siempre parte de la ausencia de algo, nos hace voltear la mirada hacia la privación de algo que no poseemos. Mientras que la idealización de una persona la convierte en un objeto ante nuestros ojos, capaz de brindarnos las cualidades divinas que tanto deseamos.

En su película Love (2015)el controversial director argentino/francés Gaspar Noé captura mejor que nadie la realidad íntima y cruda del amor (si es que se le puede llamar así). La película trata sobre la relación amorosa entre Murphy y Electra y su eventual downward spiral into madness cuando toda esta construcción mágica fabricada alrededor de su amor se comienza a desmoronar lentamente. Murphy es atormentando por el reflejo de su relación deteriorada, el pozo que saciaba su sed por el infinito se ha evaporado, the honeymoon phase is over, terminada, c’est fini y lo único que queda es el polvo de su relación pasada y la imagen de Electra que marchita todo lo que le rodea. Buscando exasperadamente un último jalón, empapándose de la idea que su fantasía es real, que el constructo mental que ha creado de su pareja es amor verdadero, quizá no quiere aceptar que el amor no existe en un mundo como el nuestro, no quiere soltar lo único que le proporciona significancia.

Tan enajenado en su urbanización de víctima que no puede darse cuenta de las cosas que ha hecho, el mal que ha causado, que tal vez su idea de un amor único e inmutable solo exista en donde habitan las quimeras. Su personalidad se convierte en una jarra de brea efervescente que se fermenta furiosa con cada línea de diálogo interior, hasta que el único final feliz posible es llegar al punto de ebullición, donde todos los males del ser humano se escapan al estilo de una caja de pandora. Su visión de amor deificadora y mágica se transforma en resentimiento, odio, celos, frustración, posesividad, etc. La vida fuera de su codependent love cocoon que le susurraba palabras de inmortalidad, profecías de infinitud, se vuelve un infierno terrenal.

Luego está la frase de “el amor es el ingrediente secreto del sexo”, la búsqueda del trance orgiástico divino donde dos personas se convierten en una. El jalón trascendental que destruye toda noción de separatidad por unos cuantos minutos. El último hit de neuroquímicos donde toda consciencia de nuestra inevitable muerte desaparece, lo único que permanece es el momento, la infinitud, en esta unión el individuo se vuelve inmortal, enajenado en los ojos de su pareja, ve el infinito, se ve a sí mismo, trasciende su propia existencia personal. Embriagado en este sentimiento oceánico de completitud mística, where two become one, el tiempo se distorsiona, solo existe el ahora. Durante el trance sexual se experimenta la inmortalidad, lo infinito, we become godly yet creaturely. Gaspar Noé logra capturar la esencia narcótica del amor mediante el uso estratégico de colores e iluminación, dándole a la película este ambiente visual similar al de experiencia alucinógena.

Eventualmente, ninguna persona puede cargar con el peso de la divinidad, nuestros dioses muestran sus pies de barro, las bambalinas se levantan dejando desnuda  a la melancolía. La magia de la inocencia se desvanece cuando el individuo se vuelve consciente del truco. La impermanencia del amor romántico se llega a internalizar, el enamorarse se vuelve un acto de fe, una lucha constante contra el escepticismo. El amar se vuelve un acto melancólico consciente, sabiendo de su inevitable fin, es imposible creer ciegamente en su salvación. This too shall pass, everything passes, so why give it a try?

El amor romántico pierde su magia, quizá nunca la tuvo. Tal vez, solamente sea una idea implantada en nuestra mente, siguiendo el sendero de boronas es imposible no llegar a la realización que esta idealización de una persona no es amor. Mirar detrás de las cámaras significa comprender cómo funciona la ilusión, que todas las criaturas fantásticas del Señor de los Anillos son sólo un compendio de píxeles, que la voz de Smaug en The Hobbit es Benedict Cumberbatch en un leotardo negro interpretando un dragón.

Por último, está la visión más cuadrada de que el amor es una respuesta biológica destinada a promover la reproducción y la evolución de la especie y eventualmente expulsar mecánicamente algún niño (ojalá saludable si es que escogimos a la pareja correcta para nuestra composición genética). Pensar en el amor desde ese punto de vista lo desviste de todo su significado etéreo y metafísico, de toda la esperanza de salvación que trae.

En Nymphomaniac (2013), se puede evidenciar esta noción de rebelarse contra el paradigma romántico. La personaje principal organiza este club llamado “The Little Flock” (el pequeño rebaño) el cual tiene como objetivo rebelarse contra la experiencia amorosa y despojarla de toda su significancia emocional. Este movimiento anarquista antiamor le sirve como excusa para repudiar cualquier noción de “amor para siempre” y sumergirse frustradamente en satisfacer todos sus deseos sexuales sin establecer ningún tipo de conexión. El pragmatismo hedonista de masturbarse con la otra persona se vuelve el objetivo. El amor nace cuando la lujuria tiene relaciones con los celos. Esta posesividad, producto de una larga noche de pasión, convierte al amor en un sentimiento engañoso, nublado por una carga emocional muy alta. Cuando el placer se vuelve el objetivo y solo se busca la satisfacción personal, el trance erótico pierde sus cualidades místicas, dejando insatisfecho siempre a quien busque saciar su sed. Esto mismo es lo que lleva a la inevitable extinción del club, cuando sus miembros terminan creando lazos románticos con sus conejillos de indias.

Committed to combat the love-fixated society

Según el sociólogo alemán Erich Fromm, en su libro el Arte de Amar, el amor es la respuesta al problema de la existencia humana. El problema es cuando no sabemos diferenciar entre qué es el Amor (con mayúscula) y qué definitivamente no lo es, esa es la situación amorosa que enfrentamos hoy en día.

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Para Erich Fromm, el amor debe ser un dar sin recibir. No necesariamente debe ir siempre acompañado del deseo sexual, ya que efectivamente existen varios tipos de amor: amor materno, amor romántico, amor propio, amor hacia los demás, amor hacia una fuerza superior a nosotros.

El libro argumenta sobre la idea de que el amor no es algo con lo que simplemente nos encontramos, it’s not something you just happen to fall into sino que es un proceso. Aquí es donde viene su postura de que el amor es como un arte, debe ser ejercido constantemente para que llegue a dar los frutos que tan desesperadamente buscamos en los lugares incorrectos.

Cuando el amor romántico es permeado de self esteem, de amor propio, se vuelve una interacción interdependiente entre dos naranjas completas quienes disfrutan de su completitud. No se busca encontrar a alguien que llene la concavidad de nuestra potencia, el individuo se vuelve esta máquina autosuficiente, this wheel that propels itself.  Esta noción de que estamos incompletos es destructiva. Al entretener esta idea, el individuo llega a creer visceralmente que su felicidad está en algo exterior, viviendo el resto de sus días con la creencia que se está incompleto, condenado a buscar permanentemente algo que dentro de mucho tiempo se dará cuenta siempre estuvo en su propio bolsillo.

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