Silenciando al crítico interior

Todos tenemos esta construcción mental encargada de clasificar, juzgar y censurar cualquier línea de pensamiento. Como cualquier crítico, su función es meramente peyorativa. Este diálogo interior suele ser autodestructivo en su naturaleza, similar a una  serpiente que muerde su propia cola sin ninguna razón en particular, quizás por alguna atracción inconsciente hacia lo morboso o un simple escape del aburrimiento.

“El alacrán clavándose el aguijón, harto de ser un alacrán pero necesitado de su alacranidad para acabar con el alacrán” – Julio Cortázar

La función del crítico interior es de convencernos que no somos suficiente. Restarle credibilidad a nuestros logros. Hacernos dudar de cada paso que damos por miedo a hundir el pie en un charco. Pero el mayor problema no son los inevitables calcetines mojados (aunque parezca obvio) sino que se condiciona el individuo a tener falta de seguridad en el caminar. A caminar con la mirada hacia el pavimento y los hombros contraídos, sin ninguna noción en particular hacia dónde nos dirigimos, preocupado principalmente por esquivar los charcos con la destreza equivalente a la de un cisne olímpico termina ignorando totalmente el horizonte.

5390296664_54ddbfc753_oEn la película The King’s Speech (2010) se logra mostrar el proceso excruciante que es silenciar al crítico interior. La historia gira alrededor del rey George VI de Inglaterra  y su impedimento de habla. Debido a su trastorno de comunicación que le causa interrupciones involuntarias en su discurso, el príncipe Albert crece sintiéndose insuficiente para suceder a su padre, después de múltiples intentos frustrados por tratar su condición con diversos terapeutas de lenguaje, Albert pierde toda esperanza de poder comunicarse con fluidez. Hasta que, eventualmente, conoce a Lionel Logue, un terapeuta de lenguaje un poco fuera de lo ordinario. Lionel lo ayuda enseñándole ejercicios chamanisticos, rituales lingüísticos, técnicas milenarias de relajación de diafragma y eventualmente termina cumpliendo la función de un higher consciousness que confronta a Albert, evidenciando sus argumentos absurdos y deslumbrando la mentalidad de víctima con la que se ha identificado.

A la hora de dar un discurso en público, Albert es desconcertado por una ola de supervigilancia, sumergido en su propia burbuja de propiedades claustrofóbicas, está tan consciente de su propia incapacidad de siquiera terminar una oración que lo único que hace es potenciar sus defectos lingüísticos y preocuparse obsesivamente por la opinión de los demás. Entrando en un estado de fight or flight donde el sistema nervioso se paraliza, el cuerpo se tensa y las facultades creativas dejan de fluir. El cuerpo percibe la situación como un peligro, el miedo irracional al rechazo se vuelve un tema de vida o muerte, a ser desterrado de la tribu.

El diálogo del crítico interior no es un reflejo de nuestra realidad, es solamente una
perspectiva condicionada por actitudes negativas interiorizadas. Un estado mental árido donde toda la preocupación del individuo está enfocada en encontrar cualquier evidencia que sirva para reafirmar esta perspectiva. Su falta de seguridad lo mantiene atado al miedo, visualizando su pérdida mil años luz antes que ocurra, sus cadenas se vuelven un símbolo de identidad, le proporcionan el ecosistema cálido de un hogar que le permite mantenerse como una víctima. Creando así su propio círculo de self fulfilling prophecies que continuamente le ofrecen excusas externas para reafirmar su inseguridad y permitir el burbujeo de su odio efervescente por sí mismo.

El despiadado régimen totalitario de su crítico interior censura todo intento de liberarse de su opresión. Filtrando cada minucioso detalle de su comportamiento en contraposición a un estándar de perfección ficticio que solo sirve para causar frustración, hasta que el individuo se harta de golpear incesantemente su cabeza contra una pared de metal que jamás logrará romper.

Atormentado por la idea de  no ser suficiente, atribuye todos sus éxitos al azar sin importar que la evidencia sea otra. A nivel personal, siente que no merece éxito alguno, poseído por un síndrome de impostor que teme que la verdad de su naturaleza fraudulenta salga a la luz. Pierde la capacidad de sentir satisfacción por sus logros al estar tan preocupado por sus limitaciones. Dejando de creer en sus propias capacidades sin importar qué tanto esfuerzo dedique a un área en particular, su insuficiencia le da sentido a su vida, lo mantiene estable, protegido de la responsabilidad que conlleva realizar su potencial en algo tangible. Destinado a cumplir un propósito que trasciende su experiencia personal pero al mismo tiempo incapaz de ejercerlo.

Cuando este lower self desaparece, uno puede entrar en este trance creativo de flujo continuo, uno adapta las características de un río que nunca para de fluir. Se deja de preocuparse por si se está caminando lento, rápido o un poco torcido y se apaga la parte de nuestro cerebro responsable de filtrar toda información y juzgar cada minucioso detalle de nuestro comportamiento, permitiendo así el flujo continuo de contenidos improvisados, líneas de pensamientos positivas.

Cuando el crítico interior es llevado a corte con nuestra consciencia y descubierto culpable de paralizar el funcionamiento de nuestras facultades creativas se pueden tomar las medidas necesarias para reparar los daños hechos a nuestra imagen personal. Cultivando esta confianza interior en los contenidos esporádicos de la mente, aceptando su naturaleza y opacando toda fuente de ruido que pueda desorientar el flujo de pensamientos.

El muro que no nos deja avanzar somos nosotros, está en nuestra cabeza,  es una personalidad parasitica que hemos aceptado conscientemente, se alimenta de nuestros pensamientos, disfruta de nuestras victorias mientras al mismo tiempo nos atormenta con las pérdidas. ¿Miedo al éxito? ¿ Algún mecanismo de autodefensa obsoleto?

Lo que Dostoyevsky tendría que decir al respecto sería esto:

“Es indiscutible que al hombre le encanta trazar y construir caminos; pero también adora la destrucción y el caos. ¿Por qué?, díganme… Pero antes quiero decir algo más sobre este asunto. Tal vez le gusten la destrucción y el caos (a veces le gustan; esto es indiscutible), porque tiene un temor instintivo a alcanzar la meta y terminar el edificio que construye.”

Este temor instintivo al éxito es lo que impulsa al alacrán a clavarse su propio aguijón, el proceso de resolver un problema nos inyecta de significancia y el hecho de resolverlo y enfrentar la incertidumbre se vuelve un tipo de death practice.  La simulación de muerte que representa solucionar el problema. Se necesitan mas ingenieros de significancia, artistas capaces de pintar sus propios valores en un mundo donde la única fuente de identidad se vuelve el reflejo de nuestra silueta.

La descripción del sabor que se quedó conmigo con The King’s Speech se puede resumir en esta simple frase, muchas veces la acción más difícil se encuentra en actuar de acorde a lo que ya sabemos, dejar entrar un vientecillo de humildad por la ventana y quitarse del camino, porque el obstáculo al que nos enfrentamos nunca es algo externo, sino que somos nosotros mismos.

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