La estética del aburrimiento

En su breve cuento La Autopista del Sur, el consagrado escritor argentino Julio Cortázar narra  una seductora historia sobre un embotellamiento en París que se llega a extender por varios meses. Cortázar logra capturar el encantamiento de un evento cotidiano y comúnmente catalogado como aburrido por medio de su narrativa juguetona y ficticia. Mientras al mismo tiempo critica el fallo de la civilización del automóvil, evidenciando cómo esta misma se vuelve una contradicción de la vida humana, en vez de dotarnos de la libertad prometida nos vuelve prisioneros mientras entretenemos la ciega esperanza de avanzar unos cuantos centímetros por minuto. Las carreteras congestionadas por algún accidente automovilístico se vuelven nuestro hogar, invitándonos a deleitarnos con la monotonía del aburrimiento y aplastando los sueños de cualquier individuo con deseos de exhibir su nuevo automóvil deportivo.

Donde los conductores deben soportar el aburrimiento persistente de la vida estática, estancados en una selva de concreto abundante en desesperación, gasolina y emisoras de radio de muy mal gusto, avanzando lentamente como caravana de camellos. Parte de la frustración generalizada en un embotellamiento es porque se deja de avanzar, se pierde el estímulo visual de apreciar el paisaje y dejarlo atrás para presenciar uno nuevo. Todo se pinta de un color gris, monótono y predecible, nada tiene la capacidad de sorprender en este estanque de neumáticos.

Esta jungla de asfalto llena de furgones, camionetas, todoterreno, autobuses, motocicletas y  descapotables distorsionan el tiempo, un minuto se transforma en dos minutos, dos minutos en cuatro, una hora en dos horas, y así sucesivamente hasta el fin del tiempo. Todos con diferentes objetivos y caprichos de llegar a algún lugar lo mas antes posible para poder seguir con sus vidas, algunos vienen del trabajo mientras que otros solo quieren atragantar su frustración sexual con comida. Al anticipar un evento compulsivamente nuestra percepción del tiempo se expande, cada vez que miramos el reloj para ver si ha avanzado una milésima de segundo el tiempo se detiene.

Según Arthur Schopenhauer, el hombre aburrido es aquel a quien le pesa el tiempo, al que percibe cualquier acción con hastío, busca cómo gastarlo de cualquier forma, el tiempo se vuelve infundido por una inquietud que niebla su perspectiva, la apertura de su lente se encoge, no permite la entrada de suficiente luz y oscurece su imagen. Viendo los segundos pasar, espera ansiosamente un futuro que a primera vista pretende satisfacer. Desconoce la película que pasa frente a sus pupilas, omitiendo el hecho que todo momento desaparece después de ser saboreado. Cuando el momento pierde su meaning se vuelve monótono, adquiere un sabor insípido, cuadrado y de textura dura. No escucha, no ve, no siente, no huele. Dejamos de habitar en el momento y por ende el tiempo deja de moverse, la sucesión de segundos deja de fluir, la proyección que tanto esperamos con ansias se extiende hasta el infinito, parece inalcanzable. Intentando escapar de este penitenciario de lata que no avanza, el momento se vuelve pesado.

El estar aburrido produce más aburrimiento, nos hace abstraernos hasta el punto que nuestra existencia ejerce una fuerza gravitacional. Miramos el celular una y otra vez con la ciega esperanza de que el tiempo avance, de que algo suceda, tal vez un mensaje que cambie el aspecto grisáceo de nuestro día, un hit de validación, cualquier cosa es mejor que esto, nos unimos a la guerra de insultos y bocinas incesante por ganar un poco de espacio en la carretera, el momento ejerce su fuerza contra nosotros, el calor sofocante del sol convierte el coche en un crematorio andante, aburridos de tanto aburrimiento, vemos el futuro como nuestra única salvación y entre mas lo anhelamos más se aumenta la distancia entre nosotros. Empiezan a llover las quejas contra el sistema político, las carreteras en mal estado, el alto costo de la vida, la ineptitud del presidente, etc.

Pero entre todo este desorden Julio Cortázar logra evocar la estética del aburrimiento, la frustración generalizada fermenta un sentimiento de pertenencia que evoluciona en un estilo de cohesión comunitaria, las personas comienzan a salir de sus coches, a entablar conversaciones y a cooperar entre ellos. Crean un sistema comunitario para sobrevivir ante la catástrofe producida del consumismo desenfrenado moderno. Democráticamente seleccionan un líder y se dividen las labores clandestinamente.

Algunos abandonan sus automóvil y se dan a la fuga, otros se suicidan, pero los demás dejan de disputar contra la situación post-apocalíptica  y aceptan la fatalidad de su situación y en vez de seguir alimentando la llamarada de protesta comunal se dedican a buscar una solución colectiva hacia el problema, se las ingenian para improvisar estrategias de supervivencia en medio de ese régimen de chatarra, olor a petróleo y llantas quemadas. Se dividen los bienes, buscan agua, crean abrigos con los tapetes de los carros, atienden a los enfermos, etc. Se deja de lado el morbo de la queja, que busca quedarse sentado en su trono altivo observando detalladamente todos los problemas de la situación y sugiriendo consejos de carácter condescendiente.

La idea de que el futuro, la proyección del tiempo, llevará a cabo lo que yo no puedo hacer y será capaz de transformarnos con sus cualidades divinas, conlleva a la pasividad, la angustia y el aburrimiento. Un objeto en movimiento permanece en movimiento, un objeto en reposo permanece en reposo.

La anticipación desmesurada nos transforma en un espectador pasivo, el cual se olvida que su proyección a futuro requiere de la acción en este momento.

El único remedio contra el aburrimiento es la pasión, este éxtasis que le quita todo el peso al tiempo y le da esta cualidad orgiástica. Cada momento se vive intensamente, se experimenta y se deja ir pacíficamente, como un pasajero vigilante a cada cambio de escenaria en el viaje de tren. No se intenta huir ni enganchar, se busca lo nuevo, lo excitante, lo vivo, lo colorido, lo dinámico. Cuando se disfruta del presente ni siquiera se tiene una noción del tiempo, aquí es donde la mirada con cual se etiqueta  la situación (en palabras menos confusas, la perspectiva) es la responsable de otorgarle sentido a todo.Image result for La Autopista del sur

El aburrimiento nace cuando dejamos de tener un propósito específico al cual canalizar toda nuestra energía visceral, la cual funciona como una llamarada interior que busca expandirse y consumir el mundo que lo rodea. Incluso dentro de un atasco, el individuo siempre tiene control de su perspectiva, de cómo digiere la información que le presentan sus sentidos, de cómo actuar en cualquier situación específica, de observar la magia escondida hasta en los rincones más inesperados de un embotellamiento y al final de cuentas siempre tendrá  a su merced solo dos caminos.  Para concluir solo quería compartir esta imagen sumamente gratificante de Julio Cortázar con su gato.

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