El hombre contemporáneo

ilLeer escuchando para exaltar la experiencia trascendental.

El hombre contemporáneo ya no sufre de problemas provenientes del exterior; se desgasta a sí mismo entregado a la búsqueda del éxito. Consumido por su persecución desenfrenada por la felicidad termina depravando el mundo a su alrededor. Impulsado por vivir en un estado continuo de éxtasis, de permanecer en el trance inspiracional donde todo es majestuoso, colorido, novedoso.

Constantemente corriendo de sí mismo, intentando llegar a otro lugar, incapaz de ver su propio reflejo. Atormentado por su naturaleza ambivalente afín al aburrimiento, permanece en su pequeña franja de comodidad que le brinda certeza mientras entretiene la idea de algún día darse a la fuga, esperando que alguien o algo llegue a emanciparlo.

Vivimos atrapados en la incesante tensión entre lo que somos y lo que queremos ser. Esta dualidad entre la esencia y la proyección, entre presente y futuro es lo que nos hace sufrir. La disonancia cognitiva no nos permite dibujar, incapaces de trazar un camino, nos quedamos inmóviles, quietos, sedentarios, sin rumbo alguno, los pensamientos dejan de fluir, nuestro estado mental se encoge, reduce el espectro de lo que es posible, es oprimido por el peso de nuestra falta de perspectiva.

Somos los opresores y los oprimidos al mismo tiempo, lanzados únicamente a buscar el éxito, adiestrados para jugar de acuerdo a las reglas del juego establecidas, esclavos que aceptan su condena con elegancia y sin conocimiento de lo que implica. La dialéctica del amo y el esclavo se ha convertido en algo íntimo, en una sustancia viscosa la cual se ha vuelto una extensión de nuestra carne. Optamos por el sometimiento, abandonamos toda responsabilidad.

Deseamos algo, pero deseamos otra cosa, pero no sabemos si realmente deseamos lo que deseamos o cual es la respuesta correcta a nuestro dilema. Toda certeza se desvanece lentamente como una superficie que se hunde en el fondo del océano.

El conflicto interior se materializa en patrones autodestructivos, subsistir con nosotros mismos se vuelve una experiencia desagradable, nuestras acciones dejan un sabor insípido a todo aquel que nos rodea. El simple hecho de existir se vuelve una tortura. El tiempo adquiere esta carga insoportable que estrangula cada impulso del alma por huir. Lentamente nos asfixiamos en un mundo absurdo donde la única fuente de luz que logramos percibir es el reflejo del éxito de los demás. Hoy en día la lucha dejó de ser colectiva y exterior sino más bien totalmente íntima y personal.

Como sociedad moderna le rendimos un culto orgiástico a lo que significa el “éxito”, alabamos el consumismo, la superficialidad y el sexo como nuestros nuevos dioses. La sociedad fluye de acuerdo a la interacción entre estas deidades y la escasez de estas mismas nos vuelve un inadaptado. El hombre contemporáneo sufre porque no tiene un código de lo que significa éxito personal, se basa totalmente en los conocimientos condicionados que le impone la sociedad a la cual pertenece por medio de la cultura, la propaganda y la tradición. No piensa por su cuenta, le dicen cómo tiene que pensar, qué tiene que soñar, qué debe sentir.

Pierde su tiempo persiguiendo un deseo implantado por los demas, buscando un trabajo mecánico para cumplir las aspiraciones egoístas de otra persona, desperdiciando su tiempo por una pequeña palmadita en la espalda y unos cuantos billetes. Viviendo la vida que otra persona estratégicamente planeó para nosotros, abandonamos nuestra identidad, perdemos la capacidad de hablar, de sentir, nos olvidamos de la poesía inherente en nuestra alma.

Glorificamos los deseos que nos mantienen ligados a la ignorancia mientras que denigramos el conocimiento, la curiosidad y la pasión. Queremos el bien pero somos atraídos hacia el mal. La opresión ya no necesita ser ejercida por el estado porque esta ya ha sido internalizada. Estamos oprimidos desde nuestro interior, conocemos el sabor de la verdad, su textura, sus propiedades pero de igual forma preferimos la ignorancia. No tenemos la fuerza suficiente para cargar con el peso que conlleva la verdad y la responsabilidad. No somos capaces de crear nuestras propias pautas, codificar nuestro propio código basado en nuestra subjetividad, estas cadenas puntiagudas ya son parte de nuestro psyche y gobiernan nuestros patrones de pensamiento.

El hombre contemporáneo es abofeteado constantemente por las promesas de placer infinito que proporciona  este nuevo mundo de la gratificación instantánea. Trances desaforados de Netflix, drogas estimulantes, comida delicadamente diseñada para generar una explosión orgiástica en nuestros cerebros, consumismo superfluo, espacios afrodisíacos diseñados con el propósito de arrebatar todos nuestros sentidos, aplicaciones de teléfono dedicadas a deleitarnos con la esperanza de la conquista sexual (la cual ha alcanzado un estatus divino, semejante al de la salvación cristiana), mundos virtuales interactivos capaces de estimular la imaginación y brindarnos entretenimiento ilimitado, etc.

Enajenado de sus verdaderos deseos y sueños mientras es deslumbrado por la voluptuosidad de los sueños de alguien más. Queremos ser libres pero al mismo tiempo nos espanta la idea de serlo, de tomar responsabilidad de nuestra existencia. Estamos entrenados para consumir, no para trazar caminos o construir edificios, preferimos verlos desde lejos, coquetear con la idea de lo que podemos ser pero sin embargo nunca tomar acción alguna hacia su realización.

Al igual que un perro puede ser condicionado para salivar cuando escucha el sonido de una campanilla, nuestros cerebros también pueden ser condicionados para anhelar ciertos estímulos o tener aversión hacia otros. De esta manera somos condicionados pavlovianamente por la tradición.

La sociedad impone un modelo de vida, lo que es considerado ser exitoso, ser una buena persona, nos da las reglas del juego. Los que las siguen son admirados por las masas y funcionan para dar el ejemplo y promover la conducta deseada. Mientras que los misfits, incapaces de comprender el sentido de este comportamiento son aislados de la sociedad.

El hombre contemporáneo se ha enamorado de sus cadenas, le proporcionan sentido, un camino que peregrinar. El sometimiento consciente conduce a un sentimiento de victimización confortante, donde la impotencia se vuelve una excusa refrescante que nos libera de toda obligación.

Al igual que el personaje de Cypher en The Matrix (1999) que prefiere vivir conscientemente atrapado en la ilusión del mundo digitalmente engendrado aún después de saber la verdad. Ignorance is bliss, la felicidad yace en no saber más de la cuenta. El poder permanecer dormido ante el resplandor de la realidad.

Exaltamos la ignorancia porque la verdad no puede ser olvidada, se mantiene en el subconsciente vigilando minuciosamente nuestro comportamiento. Nos obliga a hacernos preguntas difíciles de responder, investigar la causa y efecto de un caso en particular, ver las cosas desde otra altura, permear el panorama de una mayor gama de colores. Estas características de la verdad ejercen un peso debilitador en el individuo.

El acto anarquista de rebelarse contra lo establecido confina al individuo en su propia subjetividad, donde debe gestionar sus propias estratagemas para enfrentarse a la falta de validación social. Debe crear su propio sistema económico que le permita subsistir por su cuenta, de autarquía que le permita subsistir en un mundo indiferente, design his own autarky of the self.

Un comentario Agrega el tuyo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s